Presos en Estados Unidos aprendieron a programar en la cárcel

Muchos conocen Slack por ser una herramienta online de productividad, pero hace unas semanas fue noticia por otra razón. Esta compañía, una de las más diversas de Silicon Valley, ha decidido incluir en su plantilla a tres programadores ex-prisioneros.

Todo es gracias a una iniciativa de formación en informática que ya se está realizando en varias cárceles en Estados Unidos.

La cárcel de San Quintín, su particular ‘escuela superior’

En muchas cárceles de Estados Unidos se puede aprender matemáticas, inglés y ciencias o programas de capacitación para soldadura, reparación de automóviles o cocina.

Lo que tiene de particular la prisión estatal de San Quintín es que las personas pueden aprender programación informática: HTML, CSS y JavaScript. Los presos pueden aprender a programar mientras pagan su deuda con la sociedad.

Todo ello es gracias a The Last Mile, una entidad sin ánimo de lucro de San Francisco. Lanzaron un piloto en el año 2014 en San Quentin, California, y a día de hoy están expandidos en 12 centros correccionales más de cuatro estados y ya han trabajado con más de 460 personas.

¿El resultado? Todo un éxito, que está ofreciendo una alternativa. Ninguno de los 460 graduados ha vuelto a prisión, y 60 de ellos están totalmente empleados o estudiando en educación superior.

Chris Redlitz y Beverly Parenti fundaron The Last Mile en 2010. La idea surgió cuando Redlitz, quien tiene experiencia en capitalismo de riesgo, habló con un grupo de hombres en prisión.

“Noté que muchos de los hombres tenían ‘la apariencia’ que veo a los ojos de los fundadores y empresarios en los que invertimos, pero fue a un nivel más profundo’, dijo Redlitz.

“Estos hombres tenían una mirada que reflejaba su hambre primordial de aprender y un profundo deseo de construir una vida mejor después de haber cumplido su tiempo en la cárcel”.

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Slack for Good, la rama filantrópica de la tecnológica estadounidense

El brazo filantrópico de Slack quiere aumentar el número de personas con baja representación en el mundo de la tecnología. ‘Dos de nuestros valores clave como empresa son ser inclusivos y tener empatía’, señala Deepti Rohatgi, directora de Slack for Good.

Presos en Estados Unidos aprendieron a programar en la cárcel

Presos en Estados Unidos aprendieron a programar en la cárcel

Jesse Aguirre, uno de los ex presidiarios que ahora trabaja en Silicon Valley

El día de trabajo de Jesse Aguirre en Slack comienza con una reunión estándar de ingeniería, donde él y sus compañeros de trabajo planean la agenda del día. Aguirre, de 26 años, no terminó la escuela secundaria y hasta ahora ha pasado la mayor parte de su edad adulta en prisión.

Aguirre, junto con Lino Ornelas y Charles Anderson, conforman la cohorte inaugural de Next Chapter, una iniciativa lanzada por Slack, en asociación con The Last Mile, el W.K. Kellogg Foundation, y Free America, para ayudar a personas anteriormente encarceladas a conseguir empleos en tecnología.

Aguirre creció en Lynwood, California, una comunidad predominantemente latina en el sur de Los Ángeles. Cuando tenía 11 años, su familia se mudó al este al Condado de Orange, y un par de años después, Aguirre se involucró con miembros de una pandilla local.

El 13 de marzo de 2010, Ramon Magana, un joven con afiliaciones a pandillas locales, recibió un disparo con una escopeta que transportaba municiones para disparar.

Los testigos en la escena dijeron que Aguirre no era el tirador, pero, según el testimonio de la policía, le había entregado el arma a la persona que finalmente cometió el crimen.

Aguirre fue acusado de intento de asesinato, asalto y afiliación a pandillas. Unas semanas después de cumplir 18 años, fue enviado a prisión con cadena perpetua.

La sentencia de Aguirre provocó una protesta pública. En 2014, un Tribunal de Apelaciones de California determinó que Aguirre tenía un abogado ‘ineficaz’ y que su sentencia ‘planteaba cuestiones de castigo cruel e inusual’.

En una audiencia de sentencia, su tiempo se redujo a siete años, más un período de 10 años de trabajos sociales con pandillas.

Más tarde, Jerry Brown, entonces gobernador de California, decidió limitar la pena a los 7 años, por el comportamiento ejemplar de Aguirre y su ética de trabajo en prisión.

Para cuando fue liberado, Aguirre ya había completado su formación de programación de software.

Drew McGahey, el gerente de ingeniería de Slack, inicialmente se sorprendió por su capacidad para resolver lo que llamó ‘problemas de página en blanco’, aquellos que no tienen soluciones prescritas.

‘Pensando en su experiencia, tiene mucho sentido, aprendieron a programar en un entorno en el que no tenían acceso a Internet.’

7 problemas que amenazan a todas las empresas

La reinserción, fundamental para evitar la reincidencia

El 27% de los antiguos presos no tienen empleo, cinco veces más de paro que la tasa de desempleo de la población general, según el grupo de defensa Prison Policy Initiative.

El problema se agrava, porque sin salario para sobrevivir, es más probable que se cometa un nuevo crimen por desesperación, lo que lleva a muchos de vuelta a la cárcel. Ese círculo vicioso contribuye a la sorprendente tasa de reincidencia del país del 76%.

El estigma es un fuerte freno, incluso para Jesse Aguirre en Slack. Como algunos de los clientes no quieren que las personas con antecedentes penales accedan a sus datos, se le ha asignado un puesto de automatización de pruebas que está aislado de los datos del cliente.

Además, para trabajar en Silicon Valley debían trasladarse allí, y es todo un reto conseguir que te alquilen algo si tienes antecedentes penales.

Otras compañías con políticas semejantes

Leal fue interno en San Quintín, y también pasó por el programa Last Mile. Mientras estaba dentro, conoció a Duncan Logan, el CEO de una aceleradora tecnológica llamada Rocketspace. Después de que Leal salió de prisión y se formó en programación, trabajó para Logan durante cinco años. ‘Si quieres entender un problema social, debes acercarte a él’ señalaba Leal, según el periodista Simone Stolzoff en The Atlantic.

‘Es un gran cambio de paradigma: pasar de vivir en una celda y tener muy poco poder de decisión en tu vida a ser parte de la fiebre del oro del siglo XXI’, dice Leal.

Otro caso fascinante es el de Chris Schuhmacher, que estuvo casi veinte años en la prisión y es uno de los estudiantes de The Last Mile. Ahora ha creado su propia aplicación, Fitness Monkey, que ayuda a las personas que se recuperan de la adicción a controlar su estado físico y sus horas ‘limpias’.

Un pequeño cambio, pero mucho por avanzar

Cada año salen de la cárcel miles de personas que necesitan reinsertarse, así que dar oportunidades a apenas unos cientos sigue siendo escaso. Lo que es cierto es que casos como el de The Last Mile o empresas como Slack y Rocket Space, son inspiradores y sientan precedente.

Crear un plan para formar y contratar a presos puede catalizar un cambio mayor en la opinión pública, que ayude a reducir los estigmas, fomentar la reinserción en la sociedad y minimizar la reincidencia.

Las empresas tecnológicas y la sociedad en general tenemos la oportunidad y la responsabilidad de contratar a personas diversas, de ampliar la mirada, romper estigmas y construir un futuro más humano, equitativo y justo.

La educación de las futuras generaciones para reducir la criminalidad también será un trabajo paralelo decisivo, en el que Slack y otras empresas también participan con programas solidarios específicos.

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